Guatemala hizo casi todo bien… hasta el final.
Jugó con cabeza fría, aguantó, se adaptó al ritmo del rival y entendió que el partido pedía orden y sacrificio. Pero en el fútbol, a veces no basta con hacerlo bien: hace falta malicia, esa picardía que ensucia el juego cuando es necesario y que, en partidos como este, marca la diferencia entre sumar uno o tres puntos.

Frente a Surinam, la Selección Nacional fue disciplinada y valiente. Supo sufrir y hasta el minuto 90 lo tenía controlado. Pero cuando te pones en ventaja y el reloj empieza a pesar, hay que saber romper el ritmo, provocar faltas, ganar segundos, enfriar el ímpetu rival. No se trata de jugar sucio, sino de jugar con oficio. Y ahí, Guatemala fue demasiado noble.

El empate duele porque deja la sensación de que se escapó algo más grande. Muchos apuntan a errores puntuales: el disparo de Ardón, la posición de Darwin Lom. Pero la verdad es que el problema fue colectivo: faltó instinto, colmillo, ese ADN competitivo que protege una victoria como un tesoro.

Aun así, hay esperanza. Este equipo crece, compite y mantiene viva la ilusión. Depende de sí mismo. Si vence a El Salvador y luego a Panamá y Surinam en casa, el sueño del Mundial seguirá intacto. Pero para lograrlo deberá sumar algo más que fútbol: carácter, coraje… y un poco de esa “maldad” que también gana partidos.








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