El Atlético de Madrid llega a enero con la presión al límite.

Eliminado de la Supercopa de España, a once puntos del liderato en LaLiga y aún con vida en la Champions, el equipo de Diego Simeone se juega mucho más que un boleto a cuartos, cuando enfrente a partido único al Deportivo de La Coruña en los octavos de final de la Copa del Rey.
Sin títulos desde 2021, la temporada rojiblanca vuelve a quedar expuesta demasiado pronto.
La herida más profunda está fuera del Metropolitano. Los errores a domicilio y la falta de pegada la explicación recurrente del técnico han marcado una campaña irregular: en 15 salidas, apenas cinco victorias, cuatro empates y seis derrotas. Números incompatibles con un club que aspira a competir por todo.
La semifinal de la Supercopa en Yeda, perdida ante el Real Madrid por la incapacidad para convertir, fue el último golpe a una narrativa que ya pesa sobre el proyecto.

En ese contexto, la Copa emerge como refugio y examen. El Atlético nunca ha caído ante el Deportivo en esta competición, pero Riazor promete una noche distinta. Nueve años después, el estadio se llenará para ver al Dépor en unos octavos que reactivan su memoria ganadora: campeón en 1995 y 2002, el conjunto gallego sueña con otra página histórica.

Para Simeone, no es solo un partido. Es la oportunidad de devolverle identidad a un equipo cuestionado, de cambiar la inercia y de recordarle al fútbol español que el Atlético aún sabe competir cuando el margen de error es cero. Porque en esta Copa no se juega solo un pase: se juega el rumbo de la temporada.








Deja un comentario