El Manchester City apostó fuerte por Gianluigi Donnarumma, consciente de que fichaba a uno de los porteros más determinantes del mundo.

Sin embargo, el italiano volvió a evidenciar su mayor debilidad en el momento menos oportuno: el juego con los pies. Y lo hizo en el partido más exigente de la temporada.

En el duelo clave por la cima de la Premier League ante el Arsenal, el City había golpeado primero gracias a Rayan Cherki. El Etihad respiraba confianza hasta que un detalle cambió el guion. Tras recibir un pase de Matheus Nunes, Donnarumma dudó más de la cuenta.

Esa mínima vacilación fue suficiente para que Kai Havertz presionara con agresividad. El despeje desesperado del arquero terminó en una escena impensada: el balón rebotó en el delantero alemán y acabó en el fondo de la red.

El silencio se apoderó del estadio. Donnarumma, visiblemente afectado, agachó la cabeza mientras sus compañeros corrían a respaldarlo. La jugada reabrió el debate sobre su encaje en el sistema de Pep Guardiola, donde la salida limpia desde el fondo no es negociable, una cualidad que durante años dominó Ederson.
Pero el fútbol también concede redención. En la segunda mitad, cuando el partido ardía, Donnarumma apareció con una atajada clave ante el propio Havertz. Fue su manera de responder, de sostener a un equipo que supo resistir la tormenta.

El City terminó imponiéndose 2-1, en una victoria que deja una lección clara: incluso en el error, los grandes también encuentran la forma de levantarse.








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