A cien días del silbatazo inicial, el Mundial 2026 ya no solo se juega en la cancha.
La cita histórica que organizarán Estados Unidos, México y Canadá prometía ser la celebración más ambiciosa del fútbol: 48 selecciones, 104 partidos y millones de aficionados cruzando fronteras. Sin embargo, el contexto político internacional ha convertido la cuenta regresiva en un escenario de ilusión y controversia.
La tensión entre Washington y Teherán ha puesto el foco sobre Irán, ya clasificado y con tres partidos programados en suelo estadounidense. Aunque las autoridades garantizan visados para jugadores y cuerpos técnicos, los aficionados iraníes enfrentan restricciones que limitan su presencia. El impacto ya se sintió con la suspensión de la Finalissima entre España y Argentina en Doha, un síntoma de cómo la geopolítica invade el balón.

Las limitaciones también afectan a seguidores de Costa de Marfil, Haití y Senegal, mientras la congelación temporal de visados en países como Brasil, Colombia, Uruguay y Guatemala genera inquietud. El gobierno estadounidense impulsa el sistema “FIFA PASS” para agilizar trámites, pero las dudas persisten.

El contraste con el inolvidable Mundial de 1994 es inevitable. Hoy, el país anfitrión enfrenta un clima político polarizado y cuestionamientos sobre su imagen internacional. En paralelo, México refuerza operativos de seguridad ante el escrutinio global.

En lo deportivo y comercial, el torneo ya rompe récords: millones de solicitudes de entradas y precios históricos. La final en el MetLife Stadium apunta a ser uno de los eventos más multitudinarios de la historia.
El lema “United 2026” enfrenta su mayor prueba. El mundo espera fútbol, pero también señales de unidad en un escenario global cada vez más complejo.








Deja un comentario